viernes, 28 de septiembre de 2012

Cuando no hay nada que escribir...


Cuando no hay mucho que escribir o más bien, nada que escribir, es cuando más debo analizar mi manera de vivir.

Porque vivo y después escribo, lo segundo resultado de lo primero y no viceversa; en este caso, no aplica el termino matemático de que el orden de los factores no altera el producto.

En esta caso, si lo altera.

Cambiar el orden correcto, natural, espiritual de escribir como resultado de la vida diaria, es la hipocresía más grande del ser humano, porque si existe algo peor que mentir, es mentirse a uno mismo.

Escribir sin sustancia, sin experiencia, sin palpar, sin vida, es como escribir con una pluma sin tinta, como escribir en el aire, es simplemente un mensaje hueco que entretiene, mas no transforma, conmueve mas no confronta, que sorprende, mas no incomoda, que pretende pero no revela nada.

Escribir debe ser resultado de mi vida espiritual, no de mi emoción.
Cuando escribo sin vivir, quiero que lean lo que escribo. Cuando escribo lo que vivo, quiero que conozcan de Él.

Y cuando hablo de vivir, me refiero a la vida nueva en Cristo.
Porque la Palabra da vida y la vida se reproduce en maneras que dan más vida y una de esas maneras es la escritura que siempre invita y guía a la verdadera Escritura, sin pretender describir revelaciones que no tienen nada que ver con ella, solo por hablar de algo “interesante” o “innovador”.

Por eso quiero escribir menos y vivir más; y cuando llegue a escribir, sea solo con la motivación de expresar de cualquier manera existente, la grandeza de Dios. Claro está, habiendo agotado cualquier otro método de expresión posible, tal como mi hablar, mi amar, mi decir, mi pensar, mi convivir, mi caminar, mi reír, mi desear, mi compartir, y entonces, cuando mi escribir sea la última opción, entonces sabré que lo que escribo es vida...que lo que escribo es acerca de El.

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