lunes, 11 de junio de 2012

Cicatrices de la Gracia

Cada vez que volteo a ver mis codos, recuerdo esta anécdota...

Tendría como 7 años. Recuerdo estar jugando baseball en el terreno que había frente a mi casa en un día de verano en Hermosillo. En aquel tiempo, la moda del baseball eran los Azulejos de Toronto y todos queríamos ser "Joe Carter".

Por aquellos días, solía llover mucho en mi tierra y el baseball solo era el pretexto para hacer tiempo y esperar que se nublara por completo y empezara la lluvia. Justo en esa sección de la colonia se hacía como un tipo arroyo frente a mi casa y eso era perfecto para jugar guerras con lodo, hacer barquitos, resbaladeros improvisados, etc.

Cuando el cielo se empezó a nublar, recuerdo a un hombre parado en la cochera de mi casa, con sus shorts ochenteros, con la camiseta de su equipo de futbol y con su bigote perfectamente recortado; estando parado en la cochera, chiflo y grito mi sobrenombre: "Gordo, ya metete". Era mi Papa.

Justo en el momento que todo se iba a empezar a poner divertido, mi viejo parecía conspirar contra mí y decidió meterme en el momento menos indicado. Mientras caminaba hacia donde él estaba, recuerdo estarle implorando a que me dejara quedarme un poco más, al mismo tiempo que le reclamaba su "injusta" decisión. Solo me acuerdo que me decía: "ya es tiempo, no es seguro que sigas allá afuera".

No pasó mucho tiempo cuando todo se nublo. Por la ventana podía a ver a mis vecinos haciendo lodo para la "guerra" sin mí. No podía creer que mi Padre fuera tan injusto y aguafiestas. Después paso lo que siempre pasa cuando llueve en Hermosillo, se fue la luz; y no se en que momento de "valentía" (o estupor) pensé que era el momento adecuado para salirme de la casa sin que mi Padre se diera cuenta. Abrí la ventana corrediza de la sala y en menos de una hora de que me habían metido, ya estaba de vuelta en la calle, disfrutando de mis vacaciones, la lluvia, el lodo y la desobediencia.

A los pocos minutos de estar afuera, algo no se sentía bien, simplemente no estaba a gusto y mi conciencia no me dejaba estar disfrutando el momento, pero decidí quedarme afuera. En eso, truenos más fuertes, vientos más fuertes y todo un poco más oscuro. Me entro el miedo de que algo fuera a pasar y pensé que era buena idea regresarme a la casa antes de que mi Padre se diera cuenta que me había salido.

Empecé a correr hacia mi casa (en chanclas), y justo cuando estaba por llegar a mi casa, me tropiezo y caigo (por las chanclas) y me resbalo cual beisbolista profesional en la banqueta. Panza, codos y rodillas haciendo fricción directa con el cemento. De verdad que Ricky Henderson me quedó corto.

Me quiero imaginar que mi Padre estaba sentado en su cuarto, cuando escuchó una vocecita muy familiar, su hijo llorando no muy lejos de ahí. Digo me quiero imaginar, porque algo me dice que en realidad Él estuvo mirando por la ventana todo el tiempo.

Me acuerdo cuando llego hacia mí, me levanto y me cargo; entramos a la casa y me metió a bañar, me curó los raspones (con alcohol) y me dio ropas nuevas.

Así es el amor del Padre celestial. Aunque nos hayamos alejado, El siempre estará atento a nuestro clamor. Nadie dice que no habrá consecuencias, o que no saldremos lastimados en el proceso de la desobediencia, pero aun así, su Gracia cubrirá multitud de pecados, Sus manos sanarán todas tus heridas y su amor hará desaparecer cualquier dolor y te hará sentir de nuevo en casa, al final, eso es lo que un Padre hace.

Y cuando vuelvas a ver las cicatrices, sin duda recordaras el momento, pero sobre todo recordaras la bondad y el gran amor de Tu Padre.

P.D. Ricky Henderson, el beisbolista con más robos de base en la historia de las Grandes Ligas.

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